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Como los bueyes (Almafuerte)

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Ser bueno, en mi sentir, es lo más llano
y concilia deber, altruismo y gusto:
con el que pasa lejos, casi adusto,
con el que viene a mi, tierno y humano.
Hallo razón al triste y al insano,
mal que reviente mi pensar robusto;
y en vez de andar buscando lo más justo
hago yunta con otro y soy su hermano.
Sin meterme a Moisés de nuevas leyes,
doy al que pide pan, pan y puchero;
y el honor de salvar al mundo entero
se lo dejo a los genios y a los reyes:
Hago, vuelvo a decir, como los bueyes,
mutualidad de yunta y compañero.
 

Castigo (Almafuerte)

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I

Yo te juré mi amor sobre una tumba,
sobre su mármol santo!
¿Sabes tú las cenizas de qué muerta
conjuré temerario?
¿Sabes tú que los hijos de mi temple
saludan ese mármol,
con la faz en el polvo y sollozantes
en el polvo besando?
¿Sabes tú las cenizas de qué muerta
mintiendo, has profanado?
¡No los quieras oir, que tus oídos
ya no son un santuario!
¡No los quieras oir como hay rituales
secretos y sagrados,
hay tan augustos nombres que no todos
son dignos de escucharlos!

II

Yo te di un corazón joven y justo
¡por qué te lo habré dado!
¡Lo colmaste de besos, y una noche
te dio por devorarlo!
Y con ojos serenos ¡El verdugo,
que cumple su mandato,
solicita perdón de las criaturas
que inmolará en el tajo!
¡Tú le viste, serena, indiferente,
gemir agonizando,
mientras tu roja sangre enrojecía
tus mejillas de nardo!
Y tus ojos ¡mis ojos de otro tiempo
que me temían tanto!
Ni una perla tuvieron, ni una sola:
¡eres de nieve y mármol!


III

¿Acaso el que me roba tus caricias
te habrá petrificado?
¿Acaso la ponzoña de Leteo
te inyectó a su contacto?
¿O pretendes probarme en los crisoles
de los celos amargos,
y me vas a mostrar cuánto me quieres,
después entre tus brazos?
¡No se prueban así con ignominias,
corazones hidalgos!
¡No se templa el acero damasquino
metiéndolo en el fango!
Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas,
hasta rozar los astros:
tócale a mi venganza de poeta,
¡dejarte abandonada en el espacio!
 

Brisa (Almafuerte)

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Llega a mis sienes, tímida, temblando,
tan perfumada como un rosal
la tibia brisa, su andar es blando.
¡Primer suspiro primaveral!

Llega tan suave, tan dilatada
cual de la linfa el correr fugaz,
o de la amante ruborizada
púdica y suave pasión veraz.

Cuando en mi pecho, tierna se posa,
bebo su tierna tribulación,
entonces, dicha un instante goza,
pobre, dolido, mi corazón.
 

Ayer y hoy (Almafuerte)

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I

Humilde como el voto del creyente,
bendito como el ángel de mi guarda,
tímido, solitario, romancesco,
fe y esperanza.

II

Como tú, virginal y sin mancilla,
como yo, visionario y entusiasta,
era el amor que te ofrecí; inocente,
como mi alma.

III

Ignoto, como ráfaga perdida,
ardiente, como lágrima callada,
torcido, desolado, borrascoso,
amor de paria.

IV

Triste como el destello de la luna,
solo, como la luna solitaria,
es el recuerdo de ese amor maldito,
como mi alma.
 

A tus pies (Almafuerte)

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Nocturno canto de amor
que ondulas en mis pesares,
como en los negros pinares
las notas del ruiseñor.

Blanco jazmín entre tules
y carnes blancas perdido,
por mi pasión circuído
de pensamientos azules.

Coloración singular
que mi tristeza iluminas,
como al desierto y las ruinas
la claridad estelar.

Nube que cruzas callada
la extensión indefinida,
dulcemente perseguida
por la luz de mi mirada.

Ideal deslumbrador
en el espíritu mío,
como el collar del rocío
con que despierta la flor.

Sumisa paloma fiel
dormida sobre mi pecho,
como si fuera en un lecho
de mirtos y de laurel.

Música, nube, ideal,
ave, estrella, blanca flor,
preludio, esbozo, fulgor
de otro mundo espiritual.

Aquí vengo, aquí me ves,
aquí me postro, aquí estoy,
como tu esclavo que soy,
abandonado a tus pies.
 

¡AVANTI! - Pedro B. Palacios (Almafuerte)

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Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...
¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!